TEATRO: LOS SANTOS INOCENTES
Una verdadera delicia, a pesar de las crudas injusticias que
retrata, del juego de supervivencia que nos presenta. Sí, sobrevivir a las
injusticias, a la vida, cada uno a su
manera. Parece que ha pasado mucho tiempo, cuando jornaleros tenían que aceptar
todas las exigencias de los «señoritos». ¿Pensamos, a caso, que a día de hoy
han desaparecido? Los santos inocentes remueve las conciencias de los
espectadores, aunque conozcamos su trama, o estemos cómodamente sentados en las
butacas. Las humillaciones que, resignadamente acepta la familia de campesinos,
posiblemente han cambiado de forma, no así de contenido, es lo que nos inquieta.
Algunos de los personajes son seres primarios, elementales, sumisos y
fácilmente controlables, bien pudieran ser el vivo reflejo de otras sociedades
actuales. Sociedades cuyas formas han cambiado, pero no en su contenido.
Pero no solo el elenco actoral. La escenografía es de una
sencillez que desarma al espectador, y más aún a los que mantenemos el recuerdo
de la película. Las diferentes escenas se encadenan con un acertado sentido del
ritmo que mantiene, en todo momento el drama.
Al comenzar la representación, como espectador se toma
conciencia de estar asistiendo a una obra con identidad propia. Lo vemos en el
escenario aparentemente sencillo, casi desnudo, pero lleno de simbolismo. Muestra tres
puertas al fondo, un cielo plagado de pájaros, evocadores, y un árbol lleno de
trastos viejos. Ayudan en este sentido el diseño de iluminación y la
composición musical, sobria y tensa, alejada de la «música de anís» de la
película, gracias a una percusión, que anticipa las escenas a la vez que la
refuerza. Todos estos elementos artísticos se integran en un todo sobrio y
armónico
Los intérpretes, sin excepción, están a la altura. Sus diálogos
emocionan o indignan, según de quien provengan. Javier Gutiérrez empapa a su
personaje del fatalismo y la resignación con que Delibes creó el personaje y lo
eleva a lo humano, Luis Bermejo por su parte, elude caer en la caricatura que
entraña un personaje como el de Azarías logra un personaje rico en registros y
natural en el uso de un lenguaje casi propio. Ambos están acompañados por un
monumental Jacobo Dicenta como el señorito Iván, que por momentos ensombrece a
los demás personajes con su actuación. Pepa Pedroche representa con su Régula el
fatalismo y la realidad. De ellas es la frase que más me ha llamado la atención:
«…de las tres tú eres la que tienes piernas, así que corre». Fernando Huesca redondea
su personaje a medio camino entre el señorito que nunca será y el de los pobres
parias a quienes no acierta a tratar. La joven Yune Nogueiras fantástica como Nieves, la hija de Régula y Paco «el bajo», lo
mismo puede decirse de José Fernández que se desdobla con solvencia y acierto
en dos personajes, algo que también hace Marta Gómez con la pulcritud y
perfecta dicción de la marquesita y el patetismo de «la niña chica». Raquel
Varela encarna a la mujer insatisfecha prototípica de un quiero y no puedo que
tanto sufrieron las mujeres de varias generaciones en ese estrato social
intermedio que había de conformarse con haber salido de la miseria; lo hace
administrando la rabia, la sumisión y la humillación en un amplio abanico de
registros.
Cerca
de dos horas de verdadero disfrute. Un montaje que nadie debiera dejar de ver,
desde los niños de secundaria hasta los abuelos que, probablemente, rememorarán
episodios nada lejanos de su propia vida.


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