TEATRO: LOS SANTOS INOCENTES

 


Estrenada hace ya más de una año, y de gira por España, Javier Hernández-Simón, junto con el tristemente fallecido escritor bilbaíno, Fernando Marías nos presenta una propuesta arriesgada, que triunfa en todos los puntos cardinales.

El riesgo viene, primeramente, por la dificultad de adaptar a texto dramático la novela de Miguel Delibes, una novela al teatro, sin que se pierda nada de su esencia, de su mensaje. Segundo, en la memoria de muchos espectadores esta la versión cinematográfica realizada en 1984 por Mario Camus, que dejo el listón muy alto, al ser una de los mejores y más premiados films de este país. Tercero, la apreciación de ver en las escenas de teatro repartos con uno o dos nombres importantes, debido a su presencia televisiva o cinematográfica y un resto de intérpretes mediocres. Pero no, tenemos un reparto tan homogéneo y en el que absolutamente todos los intérpretes están a gran altura. A priori, los nombres de Javier Gutiérrez, como Paco «el bajo», y Luis Bermejo, Azarías, sobresalen en cuanto a notoriedad y podían hacer temer una repetición de esta enfermedad de los repartos. Las dudas se disipan en cuanto todos los actores hacen presencia en el escenario y comienza la función.

Una verdadera delicia, a pesar de las crudas injusticias que retrata, del juego de supervivencia que nos presenta. Sí, sobrevivir a las injusticias, a la vida,  cada uno a su manera. Parece que ha pasado mucho tiempo, cuando jornaleros tenían que aceptar todas las exigencias de los «señoritos». ¿Pensamos, a caso, que a día de hoy han desaparecido? Los santos inocentes remueve las conciencias de los espectadores, aunque conozcamos su trama, o estemos cómodamente sentados en las butacas. Las humillaciones que, resignadamente acepta la familia de campesinos, posiblemente han cambiado de forma, no así de contenido, es lo que nos inquieta. Algunos de los personajes son seres primarios, elementales, sumisos y fácilmente controlables, bien pudieran ser el vivo reflejo de otras sociedades actuales. Sociedades cuyas formas han cambiado, pero no en su contenido.

Pero no solo el elenco actoral. La escenografía es de una sencillez que desarma al espectador, y más aún a los que mantenemos el recuerdo de la película. Las diferentes escenas se encadenan con un acertado sentido del ritmo que mantiene, en todo momento el drama.

Al comenzar la representación, como espectador se toma conciencia de estar asistiendo a una obra con identidad propia. Lo vemos en el escenario aparentemente sencillo, casi desnudo, pero lleno de simbolismo. Muestra tres puertas al fondo, un cielo plagado de pájaros, evocadores, y un árbol lleno de trastos viejos. Ayudan en este sentido el diseño de iluminación y la composición musical, sobria y tensa, alejada de la «música de anís» de la película, gracias a una percusión, que anticipa las escenas a la vez que la refuerza. Todos estos elementos artísticos se integran en un todo sobrio y armónico

Los intérpretes, sin excepción, están a la altura. Sus diálogos emocionan o indignan, según de quien provengan. Javier Gutiérrez empapa a su personaje del fatalismo y la resignación con que Delibes creó el personaje y lo eleva a lo humano, Luis Bermejo por su parte, elude caer en la caricatura que entraña un personaje como el de Azarías logra un personaje rico en registros y natural en el uso de un lenguaje casi propio. Ambos están acompañados por un monumental Jacobo Dicenta como el señorito Iván, que por momentos ensombrece a los demás personajes con su actuación. Pepa Pedroche representa con su Régula el fatalismo y la realidad. De ellas es la frase que más me ha llamado la atención: «…de las tres tú eres la que tienes piernas, así que corre». Fernando Huesca redondea su personaje a medio camino entre el señorito que nunca será y el de los pobres parias a quienes no acierta a tratar. La joven Yune Nogueiras  fantástica como Nieves, la hija de Régula y Paco «el bajo», lo mismo puede decirse de José Fernández que se desdobla con solvencia y acierto en dos personajes, algo que también hace Marta Gómez con la pulcritud y perfecta dicción de la marquesita y el patetismo de «la niña chica». Raquel Varela encarna a la mujer insatisfecha prototípica de un quiero y no puedo que tanto sufrieron las mujeres de varias generaciones en ese estrato social intermedio que había de conformarse con haber salido de la miseria; lo hace administrando la rabia, la sumisión y la humillación en un amplio abanico de registros.

Cerca de dos horas de verdadero disfrute. Un montaje que nadie debiera dejar de ver, desde los niños de secundaria hasta los abuelos que, probablemente, rememorarán episodios nada lejanos de su propia vida.

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