✈ Breve, intenso y placentero encuentro.

El pasado lunes 12 recibimos en Leganés la visita de Juan Simerán. Nos hizo un hueco entre la presentación de uno de sus libros en Madrid y la recepción de premio por El ojo del tigre, en Santander.

Primero visitamos el edificio singular donde está ubicada la Biblioteca Central de Leganés y la Concejalía de Cultura. Tras ver las instalaciones hicimos una parada en las oficinas de la Concejalía de Cultura. Como durante todo el paseo íbamos hablando de libros, de escritores y, como no, del peor concurso del mundo, La pezuña de plata, Juan aprovecho el momento de estrechar la mano del concejal para recitarnos el que es para él uno de los peores cuentos de la historia, sino el peor, El huevo y la gallina de Clarice Lispector. Es un cuento corto que se salta todas las normas de lo que debe ser un relato bien construido.
En la foto, de izquierda a derecha:
Miguel Ángel Villaverde, jefe de la sección técnica de la Concejalía de Cultura; Manolo Hidalgo, miembro del equipo del blog Leer en la nube; Juan Simerán; y Miguel Ángel Gutiérrez, concejal delegado de Deportes y Cultura.

De aquí nos fuimos a la biblioteca Rigoberta Menchú, donde se nos unieron dos colaboradores más del blog, Pilar Jimeno y Javier Vicente.


En la foto, de izq a der: Juan Simerán, Pilar Jimeno, Manolo Hidalgo y Javier Vicente, de sobremesa.

La excusa de la comida nos aportó tiempo de tranquilidad para hablar tranquilamente del concurso (Juan nos aportó alguna idea que aún no podemos comentar pero que aprovecharemos para el próximo certamen), de escritores y procesos creativos, y además, de la situación actual de Argentina y las diferencias culinarias, sociales, políticas, económicas... en fin, una charla amena de esas que solucionan el mundo.

Aparte del relato de Clarice Lispector que he citado más arriba (dejando el link para que podáis leerlo), nos dejó otra recomendación: De un castillo a otro de  Louis Ferdinand Céline. Un libro que anotamos como pendiente de lectura.

En la foto: Juan Simerán con Pilar Jimeno en sala de adultos de la biblioteca Rigoberta Menchú (y en medio, la silueta Alicia Cartas, otra compañera de bibliotecas que ha colaborado con algunos artículos en el blog).

Después de comer, no solo visitamos las salas de la biblioteca sino que le hicimos una visita completa a todas las instalaciones del Centro Cívico: sala de exposiciones, teatro (en el cual hicimos la gala de entrega de premios del certamen en el que ganó La Pezuña de Plata), aulas de talleres y cursos... en fin, una visita completa con detallada información de las actividades que realizamos en Leganés.
Y así, con la posibilidad de un futurible nuevo encuentro en el mes de julio, nos despedimos
En la foto: Juan posando en la sección de libros de autores locales de la biblioteca Rigoberta Menchú.
Hoy jueves, Juan ya habrá recogido su merecido premio en Santander y quizá esté ya en al avión que le llevará de vuelta a la Argentina y a esas parrilladas tan espectaculares que nos enseño desde el móvil.
¡Buen viaje, amigo!

Comentarios

  1. Manolo: gracias de mi parte a Juan Simerán por la recomendación del relato, por él lo descubrí y estoy pensando en leer los cuentos completos de esta escritora tan especial. No estoy de acuerdo en que sea un mal cuento, ni siquiera es un cuento, es un compendio de pensamientos abstractos y frases poéticas, una lectura irracional y cargada de rupturas de la reflexión convencional y el sentido tradicional del texto. Una frase del propio cuento podría resumir el acercamiento apropiado a esta lectura:

    “Miro el huevo en la cocina con atención superficial para no romperlo. Tomo el mayor cuidado para no entenderlo. Siendo imposible entenderlo, sé que si lo entiendo es porque estoy equivocándome.”

    Así es como hay que leerlo, con atención superficial, intensamente superficial para no romper su sentido al asimilarlo a formas lógicas y sensatas de comprensión. Y renunciando a entender es como se le hace justicia a su singularidad.

    De lo que se deduce, hasta donde algo se puede deducir aquí, que entender el huevo es no entenderlo, que al no entenderlo lo entendemos mejor que al entenderlo. Para superar la contradicción (que en la lógica del relato no hay que superar) es necesario dar sentidos diferentes a la palabra entender: tomo el mayor cuidado para respetarlo. Siendo imposible entenderlo sé si que creo entenderlo me equivoco. El relato se cierra a la inteligibilidad para salvar su esencia irracionalmente mística, no es que la comprensión tenga límites, es que la verdadera comprensión es no tratar de comprender para no romper las cosas con la violencia de la comprensión que reduce el mundo a la lógica del sentido.

    Es difícil sustraerse a su encanto, de tan refinadamente evasivo como resulta el relato. Imagino a la autora descartando todas las frases de sentido cabal, combinando secuencias verbales para construir frases cuyo sentido se adivina en otra parte, fuera de lugar. Tengo una afinidad especial por este tipo de escritura.

    Queda del relato la misión de la gallina de producir el huevo, místico elemento, y trasladarlo a través del tiempo. Es una tarea tan difícil que está siempre amenazada con la imposibilidad de ser llevada a cabo, por exceso de preocupación por parte de la gallina, por ocuparse de sí misma, por olvidar el huevo, por recordarlo, y por todo lo contrario. Una misión imposible que sin embargo también es imposible de malograr puesto que el huevo es y seguirá siendo a través del tiempo.

    Una entrega mística redime la existencia que no sabe, por ese mismo no saber se salva de morir en el absurdo del sentido de la existencia sin sentido:

    “con el corazón latiendo de emoción, al menos no comprendo; con el corazón latiendo de confianza, al menos no sé.”

    Es un texto que exige e imposibilita una interpretación coherente. Si fuera más claro perdería su esencia y su arte. Si fuera más incoherente perdería su aliento poético y místico. Tal como es se mantiene en un difícil y delicadísimo equilibrio entre el sentido y la abolición del sentido. No es filosofía irracional sino irracionalidad filosófica. El componente místico del relato estriba en las aserciones imposibles que sin embargo apuntan a una lógica de los objetos más cercana a los sentidos que a la razón.

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  2. Respuestas
    1. Sí. Por mi parte recomiendo “A vueltas quietas”, de Samuel Beckett. De él podría recomendar muchos otros, como “Basta”, cuentos tan extraños y difíciles como el de Clarice Lispector, de gran abstracción y densidad, aunque tiene otros como “Primer amor”, mucho menos abstractos y muy fáciles de comprender pero igualmente geniales. Recomendación con la que seguramente Trikolz estaría de acuerdo, al menos en eso sí coincidimos. Ahora he leído algunos otros de Clarice Lispector, menos extraños pero también con sus excentricidades verbales y su punto irracional y empático. Sin duda leeré el resto.

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